En curso de la historia se han hecho intentos para aprovechar la bioluminiscencia. En el siglo XVII los granjeros suecos usaban madera infestada con hongos luminosos para alumbrar los pajares. Y en la segunda Guerra Mundial los japoneses se frotaban las palmas de las manos con crustáceos luminiscentes del género Cypridina para poder consultar mapas sin delatar su presncia.
La víspera de su desembarco en America, Cristóbal Colón divisó velas movedizas en el mar, las cuales quizá fueran en realidad enjambres de luciérnagas de las Bermudas en su temporada de pareamiento. En 1634 una escuadra inglesa que se acercaba a Cuba abandonó el proyecto de invasión que llevaba al ver en la costa una infinidad de luces que le parecieron tropas preparadas para la defensa. Hoy en dia los historiadores suponen que aquellos defensores no eran sino millares de cocuyos, una especie de escarabajos luminiscentes de la América tropical. En el Cono Sur americano los niños campesinos recogen enormes luciérnagas en frasquitos que les serven de lámparas en la noche.
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